Luego de múltiples experiencias en Europa, la pareja Costigliolo-Freire se establece nuevamente en Montevideo a finales de 1959, donde ambos continúan brevemente trabajando en sus respectivas series “Llaves” y “Sudamérica”.
Posteriormente, experimentan durante un corto período con sus series abstractas y matéricas. Esta etapa resulta particularmente singular, no solo porque en ella abandonan por completo el apego a toda estructura geométrica, sino también porque sería la última desarrollada “en paralelo” por ambos.
De ahí en adelante —aproximadamente a partir de 1963/1964— sus producciones tomarían caminos completamente separados, algo que no sucedía desde hacía unos diez años, cuando comenzaron a trabajar juntos, con gran entusiasmo y apego a los principios del concretismo.
A diferencia de Freire, Costigliolo dedicaría el resto de su vida a una exploración que podría considerarse parte de una misma gran serie. Sin embargo, dentro de ella se darían experiencias particulares, como la que representa esta obra de 1965. Aquí, como en muy pocos casos, Costigliolo juega con la deformación de sus habituales estructuras rectangulares, dotándolas de extremos cóncavos y generando así una dinámica diferente a la ya conocida. Esta característica, sumada a los contornos “vibrantes” que otorga a cada figura, confiere a la obra una vitalidad particularmente excepcional dentro de su producción de la época.
Si bien posteriormente las formas volverían a su geometría habitual —los rectángulos volverían a ser rectángulos—, los fondos y contornos vibrantes serían un recurso que Costigliolo continuaría utilizando durante años, al menos hasta mediados de la década de 1970.






